La conocí superficialmente en la típica noche de copas de aquella cosmopolita ciudad.
Tenía una sonrisa magnética, realmente cautivadora.
Pareció venir directo a mí, con paso seductor.
Vivimos la clásica conversación banal que precede a las citas que terminan en sexo casual. Pero en ella había algo más. Algo envolvente, denso, familiar.
¿Sería acaso el cliché de que “sentía haberte conocido antes”?
Lo cierto es que nos fuimos del bar, a un pequeño hotel. Seguro de saber lo que en realidad queríamos, no anduve con medias tintas: la desnudé de forma salvaje, quitándome también la ropa, acariciando su entrepierna y rozando sus senos con mis labios…
Solo allí sentí un leve mareo.
Un cosquilleo en el cuello que fue avanzando hasta dejarme inmovilizado, pero consciente.
Llama a una ambulancia, rogué.
¿No me recuerdas?, replicó.
Su rostro cambió.
Sombras.
Cientos de ellas, la rodean, la amenazan, trepan por las piernas, la convierten en oscuridad.
Se acercó, y acariciándome el rostro delicadamente, se acercó hasta mirar directamente a mis ojos, susurrando
Te dije que nos volveríamos a encontrar.
Sentí como una corriente eléctrica que me atravesaba. Los recuerdos, mis pecados, su cuchillo…
Me desangré lentamente.
Agonicé sin arrepentirme de lo que había hecho. ¿Para qué, si ya lo estaba pagando?, murmuré con una sonrisa que se apagó junto a mi vida.
Ella lanzó un beso con su mano. Tachó mi nombre de una pequeña lista, y cerró la puerta suavemente…