jueves, 29 de junio de 2017

De muerte y gloria




No hay épica en la muerte
Solo lágrimas de quien siente tu ausencia
No hay gloria en las heridas
Solo tatuaje de pólvora
El heroísmo se diluye silencioso
En medio de la sangre derramada
No. No hay héroes
Tan sólo el vacío, sentado en la cama
De la persona que te amó.
Hay sólo un discurso vacuo
Unas palabras no sentidas
Un diario corriendo con el viento, abandonado en la calle
No, no hay épica en la muerte.
Solo la tragedia de un corazón...

lunes, 6 de marzo de 2017

Último vuelo



Avanzaba, de forma desbocada.

Parecía redescubrir el mundo. Voló, torpemente, una y otra vez, inseguro.

Finalmente, con mirada nerviosa, aceleró su carrera. Pudo mantener su vuelo, y se alejó, rápido, sin mirar atrás...

En el jardin, una joven le observaba partir.

Le miraba, aterrada.

Los médicos nunca pudieron encontrar los motivos de su parálisis. Ni de su falta de voz. Murió a los pocos días, como ave silvestre condenada al encierro, con ojos tristes y angustiados.

Nunca contó que accedió a cambiar cuerpos con la joven aquella mañana, y que ella le engañó y no regresó...

domingo, 13 de noviembre de 2016


Y aquella sangre.
Manchó nuestras manos,
Nuestras ropas.
Se deslizó incesantemente
sobre nuestros labios.
Sobre el semen que aún goteaba.
Sobre el monte de Venus.
Y nos alejamos, temblando, retrocediendo.
Mirando desconfiados uno al otro.
Ebrios.
Ciegos.
Escupimos nuestra propia sangre.
Y saboreamos los jirones de carne,
de nuestra propia piel.

lunes, 27 de junio de 2016

Anónimo



A paso decidido y con mirada sombría, caminaba.

No es lo que se esperaba de ellos, esto... no, murmuraba entre dientes.

Ya no más.

Pensaba en cómo cobrar la afrenta. Imaginaba verlos suplicando misericordia. Misericordia que no les daría.

Pasos cortos interrumpieron su hilo de ideas. No había visto a nadie cerca, pensó.

Al dar la vuelta, se vio empujado contra la pared, con un cuchillo en la garganta.

Ni siquiera entendió el murmullo que daba su antagonista. Solo le pasó por la mente la idea de cobrarse lo que se había encontrado, así que empujó a su agresor, y tirando el primer golpe, se dispuso a defenderse...

Pasos calmados cruzaron el callejón...

El ladrón se tocó levemente la mejilla, inflamada por el golpe de su víctima.

Entre la basura, un gato olió la sangre que manaba del cuerpo caído. Cuidadosamente la esquivó de un salto y siguió su camino.

Un par de días más tarde, un cadáver yacía en la morgue. En el refrigerador destinado a los cuerpos anónimos que eran remitidos a las facultades de medicina para practicas. Meses más tarde, un entusiasta médico en formación, practicaba cirugía con los restos de dios...

domingo, 13 de marzo de 2016

Encuentros casuales



Llegó, como tromba, invadiendo el espacio -mínimo, por demás- que había logrado mantener como mío en aquel estrecho maremagnum de caos; aquella invernal mañana...

Hasta ese momento me limité a dejar hacer. Al verla, me paralicé realmente.

Era impresionante, incluso con la mirada que supuse era de intencional desdén ante los responsables de aquel desorden.

 Quiso la suerte, hasta ese momento bastante esquiva, justo es decirlo; que su intempestivo arribo resultara en un choque directo entre nuestros cuerpos. Miró de lado, cubriendo un poco con las manos su cuerpo, y murmurando algo que levemente sonó a disculpa.

Yo, me limité a sonreír...

Traté de cubrirle un poco. Evitando el vaivén de la masa, celoso ante la posibilidad de que algún despistado terminase como cuña entre nosotros. Ella seguía sin establecer contacto visual. Se limitaba a mirar al cielo, y a suspirar cada cierto tiempo, ensimismada.

Yo, simple desde que nací, me limitaba por mi parte a disfrutar el contacto de nuestras pieles, donde se daba. A respirar profundo aspirando su perfume que se sobreponía al olor de sudores y otros fluidos que iban impregnando cada vez más nuestro improvisado lugar de encuentro, y sintiéndome, pese a todo, afortunado.

Al fin, algo pareció romperse en ella. Dejó caer una lágrima, aún debatiéndose en resistirla, y bajó el rostro, en un desesperado sollozo.

Levantó la mirada, que se cruzó con la mía. Sonreí de nuevo, y le dije "tranquila. No estarás sola"

Tomó mi gesto y descansó su cabeza en mi pecho. Acaricié su cabello, murmurando una canción.

Lentamente, nos fuimos acoplando. Cuerpos desconocidos que parecían conocerse de antes, fuimos fundiéndonos en uno solo.

Habíamos decidido acompañarnos.

Besé su rostro, lo acaricié. Lo lamí. Aprendí a conocer su piel. Su olor. Sus formas.

Una leve bruma nos iba envolviendo lentamente.

Quiso girar el rostro hacia ella. Shhh, dije. No.

Es cal.

Cal?, preguntó

Si. Cal. Para destruir más rápido las partes blandas del cuerpo.

Ah.

Nos abrazamos más fuerte, mientras los camiones descargaban más cuerpos, y se hacía la noche, cubriéndonos la tierra, en aquella fosa común...

sábado, 14 de noviembre de 2015

incoherencias




Una lágrima puede ofrendarse a un bonito recuerdo.
Un desvelo puede entregarse a un ser querido.
La vida, quizás en nuestro occidente, decadente y sin mucha hambre de futuro, la podría valer un hijo. Un amor verdadero.

Un dios no vale una lágrima.
Un dios no vale un desvelo.
Un dios no vale una vida.

Leía ahora unas líneas, no sé a quién atribuirlas, pues rodaban en twitter, punto de encuentro para cargarse los derechos de autor, que decía que más valía a dios no existir, porque si existe, no es un caballero. Yo añado las palabras que escuché a un compañero de copas, intoxicado de alcohol y marihuana, una madrugada, a cielo abierto, ante la pregunta de otra compañera, sobre cuál era el dios real, si habían tantos, a quién debía adorar ella:

- Adora al dios que tenga menos muertos encima. Por el que menos maten. El que tolere más las herejías. Adora al dios que tenga menos sangre en sus manos. 

 Si en 2015 se mata en nombre de un dios, es porque la humanidad no ha avanzado.

Francia llora. Líbano llora. Turquía llora. El mundo llora.

No sé que decir sobre ello. No hay brazos para consolar a tanta gente que con manchas de sangre, se inclina sobre sus muertos.

Los animales no votan. No eligen políticos. No rezan a dioses. No tienen yihad, ni capitalismo, ni comunismo.

Envidio a los animales.

Quizás, si alguien lee esto, piense "es incoherente". Y es así. Tiene ud. razón. Esto es incoherencia pura. Líneas escritas sin pensar, con música, un par de disparos lejanos de fondo, entre gotas de ansiedad. Entre dolores crónicos. Entre tristeza.

Si, hay incoherencia. Es un maldito mundo incoherente. 

Que descansen en paz las víctimas de estos brutales atentados. Y que sus victimarios, no tengan esa paz jamás. Ni en vida, ni en muerte. La historia les borrará. No son sino los salvajes de turno.


Decepcionado...

viernes, 16 de octubre de 2015

Pensando mientras miro tu cuerpo desnudo...





Hay días en que no te deseo…
Sino que me urge arrasarte como el tornado a la tierra por donde pasa. Dejar mi huella sobre ti. Hacer que tengas que empezar de nuevo al final del sexo…
Hay días en que no te quiero…
Sino que te necesito, enfermo de ansiedad, como el adicto a las gotas que se dibujan levemente en la aguja que se pone en el brazo, temblando. Recibiendo un chute de tu humedad…
Hay días en que no te recuerdo, siquiera…
Sino que te respiro. Que te quedas en mi mente como virus en mi sistema. Intoxicado de ti. Lleno de ti…
Hay días en que no quiero tus besos…
Sino tu entrepierna, para un cunniligus antes de irnos a trabajar…
Es que hay días en que te amo más, como hoy…

lunes, 3 de agosto de 2015

Un epílogo


Había tanto que decir...

Tantos "te amo" a destiempo. Tantas caricias pospuestas. Sonrisas olvidadas. Tonterías infladas en el fuego de la ira, que nos ocuparon tanto tiempo...

Tiempo. Perdimos tanto...

Me armé de valor, y enumeré mis errores. Las cosas que querías escuchar. Las disculpas.

No pensé que fueran tantas, sabes?

Imperfecto, siempre te lo dije.

Sonreí, y me despedí con un gesto...
mirando en el espejo cómo se iba difuminando mi reflejo, y quedaba la caoba del ataúd que acompañabas en silencio...



lunes, 4 de mayo de 2015

La rutina de la noche



Llegó de trabajar, agotado.

El bochorno de aquel verano le incordiaba. Sin darle las buenas noches, pasó directo a la ducha.

Mientras se vestía, ya fresco, le miró. Casi oculta en la sombra. Mirada fija sobre él.

Le sonrió.

Acompañó su cena, silenciosa, pero atenta. Contó las anécdotas del trabajo, las frivolidades de siempre.

"Nada cambia, ni siquiera nosotros, verdad?"

Ella no contestó.

Fueron a la habitación. A la luz de la calle, que se filtraba tenuemente sobre la ventana, se sentó en el sillón de siempre. En silencio, le miraba a los ojos.

Acarició su cabello. Besó su frente, sus labios...

Se levantó y fue a la cama, llevándola consigo.

¿Sabes qué extraño?, preguntó mientras se quitaba las gafas.

 Tu sonrisa.

Se cubrió con la manta, colocando a su lado la cabeza disecada de su amante.

Era...






Hubo un día quien no tenía necesidad de preguntarse quién era...

Su nombre no era tal.

Era compañía. Era amor.

Hoy, de lejos, le miran.

No sé quien es, dicen. Olvidado está.

Y las voces que decían quién era

Languidecen en la oscuridad del recuerdo

Y en su recuerdo

Él se diluye. Eco.

Y desaparece.

domingo, 18 de enero de 2015

Complaciente





Su cabello rojizo parecía fuego…
Fuego que se derramaba en su espalda, y se perdía hasta el final.
Imposible no volverme a mirarla detalladamente.
Volteó el rostro, sin mirarme. Pidió una copa con una voz ronca, con tenue acento francés.  Creí  que se iría (no imaginaría yo que una mujer así estaría sola), pero pareció tomar posesión de aquel espacio a mi lado con tranquilidad: colocó sus cigarrillos, su encendedor, su cartera. Solo allí pareció percatarse de mi presencia y girando la cabeza, sonrió levemente.
Salud.
Salud, respondí, levantando mi copa.
Nunca he sido de esos hombres promedio que literalmente se comen a la mujer con la mirada. Sin embargo, me sorprendí a mí mismo disfrutando excesivamente de aquellas curvas que parecían ser cubiertas por otra piel en lugar de vestido.
Alegando no tener fuego, le pedí el suyo, lo que inició la charla. No sé si me mentía, pero pareció no incomodarse por aquella conversación en instantes carente de sentido. Respondía a mis torpes preguntas con esa sonrisa casi de excusa y sin dejar de mirarme con unos ojos color avellana que me turbaron.
Decidí sacarla a bailar.
Nuestros cuerpos parecían conocerse de siempre. Seguíamos el ritmo de forma natural. Nos fuimos acercando cada vez más, rozando partes sensibles. Casi podía oler su piel, casi podía tocar sus senos, que acariciaban mi pecho. Presioné, descarado, su cintura hacia mí. Me dejó hacer, y respondió a mi gesto con un leve gemido que me excitó como aquellas mujeres de mi adolescencia al ver mis primeros desnudos. Me volvió animal…
De la oscuridad de la pista, me la llevé hacia la oscuridad de los lavabos. Aquel sitio se prestaba a ello, no era la primera vez.  Besé sus labios con fruición, desesperado. Ella respondió, y de forma instintiva, me dio la espalda. Besando su cuello, mis manos deslizaron hasta sus senos, y fueron bajando al final de su vestido, el cual levanté sin demora. Mis dedos tardaron poco en percatarse que no llevaba ropa interior, lo que me hizo acelerar el trámite. Bajé mis pantalones y sin más ceremonia le penetré, acelerando a cada gemido. Ella presionaba su cintura hacia mí, haciendo la entrada más profunda. Entre los gemidos de ambos, no pude resistir mucho, y me derramé completamente en su interior.
El orgasmo fue tan intenso, que sentí que las piernas me flaqueaban, sin fuerza…


Lo vi al entrar. Parecía rehuir el contacto. Por eso se había colocado justo en la esquina más oscura y más vacía de la barra.
El hombre es básico: no puede resistirse a mirar el trasero de una mujer llamativa (o no). Lo noté tratar de disimular sus miradas. Me pidió fuego -yo le había visto fumar antes de acercarme, pero acepté la excusa- y comenzó la manida conversación trivial de acercamiento. Le dejé hacer.
Debo admitir que con el baile, el panorama mejoró. Físicamente, no había nada que pedir. Pero sabía moverse en la pista. Sabía imprimir a su cuerpo esa sensualidad que no llegué a esperar. La danza no se convirtió en un pasatiempo: se convirtió en un preludio. Como dos lenguas de fuego retorciéndose mientras se acercan entre sí, y finalmente se hacen un solo fuego, nuestras pieles fueron aproximándose, y a cada paso exigían mayor contacto de la otra. Llegué a excitarme allí, en medio de las luces opacas de aquel antro decadente, deseando más y más de aquel cuerpo.
Me dejé llevar por él. Sabía que quería. Yo lo quería también.
Su beso retrasaba lo que deseaba. Lo corté, imperceptiblemente. Me puse de espaldas a él, como sabría, le excitaría aún más de lo que ya estaba. Al sentirle en mi interior, quise que se hundiera más y más en mí. Sobre aquella suciedad, en un baño de un bar de mala muerte, cerré los ojos y tuve el orgasmo de mi vida. Por instantes, olvidé quién era…
En los últimos estertores de su eyaculación, abrí los ojos y miré mis manos. A la luz mortecina parecían negras. Lo sentí separarse, y me volví hacia él. Su sexo aún goteaba, y parecía no resignarse aún a la flacidez.
Murmuró algo al ver mis ojos, con los pantalones aún debajo. Sonreí, y le dije que ya era hora.
De su boca pareció querer salir algo, pero solo pude escuchar un gruñido. Levantó los hombros, intentando respirar. Apenas pudo tomarse el pecho, antes de caer en el piso, sin vida.
Sonreí... Acaso las dos lenguas de fuego no se convierten en un solo fuego cuando una de ellas engulle a la otra?
Vi mis ojos en el espejo pasar de negro al avellana que elegí esa noche.  Palpé mi entrepierna, aún mojada. Decidí dejarla así. Sólo lave mi rostro y salí a la calle, deseando que el mundo supiera cuán complaciente puede llegar a ser la muerte…

jueves, 23 de octubre de 2014

Insomnio






Hubo una época donde, niño, temía a la noche...
Convulsas horas, escuchaba ruidos, pasos. Lamentos, susurros. La quimera del descanso no era sino un espejismo que se diluía entre monstruos -imaginarios o no- que descosían mis sueños, escondidos entre las sombras, al acecho.
Llegué a pensar que el insomnio, que alargaba mis horas cada noche, era un castigo. El peor.
Años después, no era sino un recuerdo que se me antojaba ridículo.
Hasta hace algunos meses...
Podía sentir una mirada que se deslizaba casi maternalmente sobre mi. En el rincón más oscuro de la habitación. Durmiendo de espaldas, la sentía allí. Me di vuelta, la busqué, pero no. No se dejaba ver la figura de la que emanaba.
Poco a poco se me fue antojando reclamo silente. La presencia, cada vez tomaba más cuerpo. Más fuerza. Era hosca. Agresiva incluso desde su mutismo.
Empecé a temer a la noche.
Temía esa mirada difusa. La respiración sibilante que parecía incluso intencional, como para que supiera que sí estaba allí. Ya no era maternal, era vigilante. Daba vueltas alrededor del dormitorio. No veía su rostro, pero sí podía sentir el desprecio que emanaba de ella...
¿Ella?
Llegué a escuchar su voz. Su reclamo.
Me negué. No quería hacerlo.
Cada noche se acercaba. Ya no se medía a distancia. Me tocaba. Susurraba. Exigía.
Riega, riega
Yo ya no dormía. El insomnio había vuelto. Se posaba sobre mi, como antaño.
Anoche, ante su enésimo susurro, levanté la mirada -ojos enrojecidos de llanto y desvelos- y acepté.
Poe tenía razón, pensé. Es imposible dejar de escuchar el sonido que emiten.
Corté mi garganta, cayendo de rodillas justo sobre ella. Regando de rojo la tierra donde yace desde hace un par de años su cuerpo enterrado.
Hoy, duermo...

viernes, 19 de septiembre de 2014

Soñando el mismo sueño...






Soñé con una lágrima.
Que se hizo mar en el que navegamos.
Y desperté, sin mar, sin lágrima...
Desperté sin ti. 
Si algún día sueño de nuevo, buscaré pensar en algo triste. 
Haré que crezca una lágrima. 
Quizás en ella llegue a ese mar y naveguemos juntos.
O al menos, caminemos a la orilla para contarnos historias que nadie nos quiso escuchar.
Si, quizás...